La primera partida a Decktamer nunca empieza bien... y tampoco suele terminar mejor. Entras con la seguridad de quien cree saber cómo funcionan estos juegos y, a los pocos turnos, ya estás mirando la pantalla con una mezcla incómoda de orgullo herido y curiosidad genuina. Aquí nadie va a lamerte las heridas. Si caes, te levantas solito.
Decktamer no intenta agradarte. Desde el minuto uno deja claro que no está aquí para repetirte fórmulas conocidas ni para ensalzar las derrotas. Mezcla criaturas, cartas y decisiones tácticas con una seriedad casi antipática. Fallas, pierdes, y el juego no se detiene a consolarte. Lo único que hace es seguir adelante, como diciendo: aprende.
Hay algo muy reconocible en su tono visual y emocional, y es imposible no pensar en Made in Abyss. Esa estética aparentemente amable, casi inocente en algunos casos, que esconde sistemas crueles y consecuencias durísimas. Colores suaves y criaturas de diseño atractivo... pero, bajo esa fachada, un mundo que no duda en castigarte y mostrar su lado más oscuro.
Lo curioso es que, pese a ese trato hosco, no se siente injusto. Cada derrota parece tener una explicación, auqnue no siempre sea evidente al momento. No es el típico “qué mala suerte he tenido”, sino más bien un “esto lo jugué mal… aunque aún no sepa exactamente dónde”. Y ahí empieza el verdadero juego.
Las criaturas no son cromos bonitos ni efectos sueltos. Son decisiones encarnadas. Elegir una carta no es sumar poder, es asumir una forma de jugar. El orden importa. El tempo importa. Lo que sacrificas ahora puede perseguirte tres combates después. Decktamer no premia el tanteo alegre; si juegas “a ver qué pasa”, pasa lo que tiene que pasar: pierdes. Y rápido.
Las primeras horas son duras. No porque el juego sea inaccesible, sino porque espera más de ti de lo habitual. Da por hecho que vas a observar, leer, equivocarte y ajustar. No hay red de seguridad. No hay ayudas invisibles. Si tu mazo es flojo, lo es. Si no supiste adaptarte a lo que te ofrecía la partida, nadie va a arreglarlo por ti.
Eso provoca una sensación curiosa y muy poco común: cuando pierdes, rara vez te enfadas con el juego. Te enfadas contigo. Porque recuerdas esa carta mal jugada, esa criatura que no encajaba, ese riesgo innecesario. Duele, pero también engancha. El ritmo, eso sí, no siempre acompaña. Hay momentos en los que todo fluye y el juego se vuelve magnético, casi elegante. Y otros en los que se atasca, se vuelve denso y castiga sin dejar del todo claro qué alternativas tenías. Esa ambigüedad puede ser estimulante para veteranos del género, pero también un muro para quien busca una progresión más clara.
Visualmente, Decktamer es sobrio. Funciona, se lee bien y las criaturas tienen personalidad, pero no busca deslumbrar. Todo está al servicio del pensamiento, no del impacto. Refuerza esa sensación de juego de mesa exigente, muy en la línea de esa falsa dulzura que también define a Made in Abyss: bonito por fuera, implacable por dentro.
Y entonces, tras varias derrotas, algo cambia. Empiezas a entender su lenguaje. Construyes un mazo con intención. Lees mejor al enemigo. Aceptas que no todas las partidas están hechas para ganarse. En ese punto, Decktamer ofrece una satisfacción muy particular: no te ha regalado nada, te lo has ganado tú.
Decktamer no quiere caerte bien. Quiere exigirte. Quiere que pienses, que te equivoques, que aprendas. Si buscas comodidad, no es tu juego. Si buscas un reto que no te mienta, aquí lo tienes.
Decktamer no te doma.
Te endurece.
Y cuando sales de él, juegas mejor que antes.
- Hemos realizado este análisis en PC con un código propio -
💚 Sistema de cartas exigente y coherente
💚 Sensación de aprendizaje constante
💚 Personalidad muy clara y particular
❌ Curva de entrada áspera
❌ Ritmo irregular
❌ Dificultad elevada
Sanitario de profesión, estudiante de vocación y jugador por pasión. Lo mío nunca fueron las historias profundas y descorazonadoras, pero sí los retos y los niveles de dificultad endiablados. La primera consola que recuerdo fue la primera PlayStation, y desde entonces no he dejado de explorar un sinfín de mundos junto a los videojuegos.