Feed the Scorchpot nos propone un acuerdo bastante sencillo: un dragón protege nuestra isla y nosotros le damos de comer.
Durante veinte años.
Y cada vez tiene más hambre.
Con esa tontería, Moravian construye un roguelite de dados, gestión y construcción que se entiende prácticamente nada más empezar a jugar, pero que tarda bastante más en dejar que hagamos las cosas realmente bien.
Tenemos una isla formada por hexágonos, diferentes edificios y unos dados que determinan qué producimos. Nuestro trabajo consiste en conseguir suficientes ingredientes para preparar las recetas que acabarán dentro del caldero del dragón.
Al principio produces cuatro cosas.
Después empiezas a hacer números con la calculadora.
La partida gira alrededor de conseguir que nuestra pequeña isla produzca cada vez más.
Colocamos edificios, mejoramos otros, conseguimos nuevas recetas y vamos creando relaciones entre ellos. Una granja situada en el lugar correcto puede potenciar otra producción y esa producción terminar formando parte de una receta que vale muchísimo más que sus ingredientes por separado.
Ahí aparece realmente Feed the Scorchpot.
No consiste tanto en sacar buenos números como en conseguir que casi cualquier número nos sirva para algo.
Evidentemente, los dados tienen bastante que decir. Hay tiradas estupendas y otras capaces de desmontar nuestros planes justo cuando necesitábamos producir un ingrediente concreto.
Puede fastidiar.
Y en determinadas partidas fastidia bastante.
Pero también obliga a preparar mejor nuestra isla en lugar de confiar únicamente en que aparezca el número que queremos.
Cuando empiezas a entender eso, el juego mejora muchísimo.
Las recetas son otra pieza fundamental porque permiten transformar nuestra producción en algo mucho más valioso.
Y aquí aparece uno de los placeres habituales del roguelite: encontrar una combinación que funciona demasiado bien.
Un edificio alimenta otro. Una receta recibe una bonificación. La siguiente multiplica el resultado. El caldero se llena.
Y tú empiezas a sentirte como un genio de las finanzas de la agricultura medieval.
Hasta que llega el siguiente año y el dragón pide bastante más.
El juego consigue mantener esa presión aumentando progresivamente las exigencias. Nunca podemos acomodarnos demasiado porque aquello que producía suficiente comida hace cinco minutos puede quedarse corto muy rápido.
Es una estructura sencilla, pero funciona.
También entra muy bien por los ojos.
Su estilo dibujado a mano recuerda a las ilustraciones medievales, pero pasado por una interpretación mucho más simpática y colorida. Dragones, edificios, ingredientes y pequeñas animaciones consiguen que Feed the Scorchpot tenga personalidad prácticamente desde la primera pantalla.
Lo curioso es que esa apariencia amable contrasta bastante con la exigencia de algunas partidas. Los últimos años pueden obligarnos a exprimir cada edificio y cada receta mientras esperamos que los dados tengan la decencia de colaborar.
La progresión también está bien medida.
Perder una partida suele dejar alguna enseñanza bastante clara: colocaste mal determinados edificios, apostaste demasiado por una receta, no preparaste suficiente producción alternativa o simplemente llegaste a los últimos años con una economía incapaz de seguir creciendo.
Y vuelves.
Porque una partida nueva permite probar otra combinación.
Hay bastantes edificios, recetas, dados y diferentes dragones capaces de modificar las condiciones, así que existe margen para experimentar. No todas las estrategias parecen igual de útiles y con el tiempo algunas combinaciones empiezan a destacar demasiado, pero el proceso de descubrirlas forma parte de la gracia.
Además, las partidas tienen esa duración peligrosa en la que terminar una invita inmediatamente a empezar otra.
Solo para probar una cosa.
Ya sabemos cómo acaba eso.
Feed the Scorchpot no necesita complicarse demasiado para funcionar.
La gracia está en cómo esa simplicidad empieza a expandirse hasta convertir una isla diminuta en una máquina de generar comida.
Hay azar y algunas tiradas pueden resultar frustrantes. Las primeras partidas también requieren cierto aprendizaje antes de comprender qué combinaciones merecen realmente la pena.
Pero la base funciona muy bien.
Tiene personalidad, las partidas avanzan rápido y encontrar una combinación especialmente potente produce exactamente esa satisfacción que buscamos en este tipo de roguelites.
No pretende reinventar nada.
Tampoco lo necesita.
Feed the Scorchpot coge una idea muy sencilla, la ejecuta bien y sabe terminar una partida dejándonos con ganas de empezar la siguiente.
Aunque solo sea porque el dragón sigue mirando el caldero.
Y parece que todavía tiene hambre.
- Hemos realizado este análisis en PC con un código proporcionado por Two Frogs in a Trenchcoat -
💚 Las sinergias entre edificios, dados y recetas funcionan muy bien.
💚 Un apartado artístico sencillo, bonito y con mucha personalidad.
💚 Tiene un ritmo perfecto para caer en el «una partida más».
❌ Algunas tiradas pueden castigar demasiado.
❌ Necesita varias partidas para entender bien sus sistemas.
❌ Algunas estrategias resultan bastante más efectivas que otras.
Sanitario de profesión, estudiante de vocación y jugador por pasión. Lo mío nunca fueron las historias profundas y descorazonadoras, pero sí los retos y los niveles de dificultad endiablados. La primera consola que recuerdo fue la primera PlayStation, y desde entonces no he dejado de explorar un sinfín de mundos junto a los videojuegos.