Suelo hablar mucho de videojuegos con mis amigos y conocidos digitales. Es una de mis pasiones vitales. Como niño noventero que fui, tengo un «Final Fantasy» preferido al que jugué de pequeño, he rejugado de adulto y defiendo en algunas comunidades en línea como «el mejor Final Fantasy», aunque quiera decir en realidad que es mi entrega preferida.
Igual que a mí me pasa con esta saga, sé que hay «otros» a los que les pasa lo mismo que a mí, pero con la saga «The Legend of Zelda». Siempre los vi como el reverso nintendero de los fans de «Squaresoft», gente extraña que hablaba de la trifuerza, la ocarina, hacía chistes de un protagonista que no habla y de entrar en casas ajenas a coger vasijas y romperlas para ganar rupias, pero yo no era capaz de empatizar con ellos; encendía un emulador para jugar una entrega, la que fuera, y solía durar menos de una hora jugando. «A mí esto no me gusta», decía para mis adentros, y ahí se quedaba la rom, cogiendo polvo digital.
Es muy posible que haya probado más de tres cuartas partes de la saga haciendo eso mismo: he querido jugar «A Link to the Past», «Zelda II», «Wind Waker», «Minish Cap», «Link’s Awakening», «Majora’s Mask», los dos «Oracle» de «Game boy color», pero nada me había servido. Llegué a una conclusión muy sencilla: esto no es para mí, y punto final.
Mi problema con la saga, sin embargo, venía de que la propuesta siempre me pareció atractiva: las referencias mitológicas, los conceptos de la literatura heroica que mis amigos me decían que se trataban, la insistencia en repetir personajes arquetípicos con diferentes variaciones, y la idea de resolver mazmorras complicadas con mucha atención al detalle son conceptos que me parecen fundamentales ya no para un buen videojuego, sino para una buena obra de arte. Así que siempre tuve la mosca detrás de la oreja: ¿es que esto no es para mí, o es que yo no lo estoy entendiendo? ¿Por qué esto debería gustarme y no lo disfruto?
La cuestión es que la saga pasó, para mí, décadas enteras durmiendo el sueño de los justos. No me interesó mucho «Skyward Sword», no entendí el hype por «Breath of the Wild» y ni siquiera recuerdo ahora mismo qué pensé cuando salió «Tears of the Kingdom». El runrún seguía ahí, pero en la última habitación, la que no tiene luz ni agua y huele a cerrado, de mi cerebro.
Hace unas semanas se anunció el remake de «Ocarina of Time», la entrega más mítica de la saga, el «Final Fantasy VII» —perdonadme la comparación los más acérrimos zeldistas— de las fantásticas aventuras del chiquillo rubio y su espadita legendaria. En otra línea temporal todo sigue igual: se anuncia el juego, la comunidad lo celebra, yo me alegro con una sonrisilla y paso a la siguiente noticia. Pero esta no es esa línea temporal. Esta vez he abierto la cámara secreta del Templo del Tiempo y he agarrado la Espada Maestra para cambiar mi forma de ver estos juegos.
Este artículo es la introducción a una serie de textos que voy a preparar en mi primer contacto en serio con la saga de «Zelda», porque me parece que hay una perspectiva interesante en descubrir «tarde» una saga legendaria del videojuego.
En primer lugar, es interesante porque a los videojuegos les tiene que empezar a pasar lo mismo que al cine: hay muchos títulos, y habrá que modificar nuestra visión sobre ellos. Con el paso del tiempo habrá mucho más público jugón que no haya jugado a los juegos «en su día», bien sea por falta de interés, bien sea porque no estaban vivos cuando salieron.
En segundo lugar, porque no podemos quedarnos estancados en la perspectiva crítica que nos dieron la prensa y los análisis contemporáneos al lanzamiento de un juego: cuántas veces se perpetúan mitos y leyendas sobre ciertos títulos que resultan ser falsos o malas interpretaciones que se hicieron en su momento y se han enquistado en la consciencia colectiva. Cuántas veces se interpreta, ya no un videojuego, sino cualquier obra de arte, con el marco disponible el día de su aparición y ya no se mueve la perspectiva crítica, aunque haga falta contrastarla con la actualidad.
Justo eso es lo que me propongo con esta serie de textos. Abordar una saga legendaria pero con la perspectiva del que no los ha tocado nunca en serio. Contrastar cada título contra la historia, ahora que el polvo reposa sobre los cartuchos y podemos estudiar cada obra con la tranquilidad del tiempo, y no con la ansiedad de la guerra de consolas, la carrera tecnológica, o la competición entre grupos mediáticos por la atención de los adolescentes. Dedicarle el tiempo a los juegos para ser jugados como deben ser, y luego llegar a alguna conclusión de valor con la ventaja de tener ahora un punto de vista mucho más completo de cómo ha sido la historia del medio hasta hoy.
Este es el artículo introductorio a la serie sobre «Zelda» que estoy preparando. Huelga decir que los artículos estarán repletos de destripes de la historia desde el primer momento, así que nadie se puede quejar de que le han reventado el argumento de «Link’s Awakening». Los artículos no irán en orden de lanzamiento, porque pretendo jugar según el interés particular que tengo por cada entrega. El primer texto es sobre «Ocarina of Time», y probablemente después vaya «Wind Waker», pero eso es algo por decidir aún.
En fin, no puedo decir mucho más. Me espera un viaje largo. Ya he preparado las alforjas: Epona lleva mis rupias, mi gorro verde, flechas y un puñado de bombas. Espero que tengáis ganas de ver dónde nos lleva este sendero.
José María es docente de profesión, jugón desde pequeñito y bocazas ocasional. Juega juegos de naves por voluntad propia y explica su historia en Defensores de la Galaxia. También habla sobre videojuegos independientes en su twitch semanal Indieseables.